domingo, 15 de febrero de 2009

Crónica de un sobrepeso

En mi casa me están cebando. Voy a decirlo así, claramente y sin rodeos desde el principio, por si a alguien se le ocurre venir a rescatarme de entrada, y ahorrarse la lectura de las palabras que a continuación vendrán.

Y es que sé que suena precipitado, pero mi madre se está volviendo loca. Estas últimas semanas, desde que mi padre tuvo la genial idea de regalarle una Thermomix por Navidad, son un no parar. Casi cada día YO, su particular cobaya culinaria, me dedico a probar platos y platos que salen casi por arte de magia de ese fatídico aparato. Comprendereis, por lo tanto, el porqué de mi tardanza en actualizar este blog. Mis dedos están adquiriendo unas dimensiones extrañamente gigantes y no precisamente a prueba de teclados.

Antes, yo era feliz. Llegaba a casa por la mañana, por la tarde o por la noche y nunca tenía nada suculento que llevarme a la boca, así que me limitaba a comer una pieza de fruta o un yogurt. Ahora no. A diario me dan la bienvenida diferentes variedades de bizcochos, bocadillitos de chorizo calientes, pizzas caseras, y lo peor, esos panecillos de ajo con orégano recién hechos, cuyo aroma homicida recubre cada rincón de la casa, a la espera de una nueva víctima.

La verdad es que en cierta medida tengo miedo de entrar en esa cocina. Esta mañana pillé a mi madre haciendo filloas. No es nada raro, estamos en carnavales, es la tradición. Lo que no entiendo muy bien es la extraña obsesión que tiene mi familia de rellenarlas con cosas como dulce de leche, una bomba de relojería camuflada en un bote metálico.

Mi padre tampoco se salva. Cada vez que vamos a la compra se pierde entre las estanterías. Yo suelo buscarlo, ya que siempre me toca la importante y poco estimulante misión de llevar el carrito, y por una extraña razón siempre aparece por alguna esquina, con las manos llenas de tabletas de chocolate de las más variopintas y adictivas marcas.

Yo recuerdo una seria conversación que tuve un mes atrás con mi madre.

“Mamá”, le dije, “estoy engordando mucho. ¿Y si nos ponemos a dieta?”

Esa pregunta sigue flotando en el aire. Supongo que se habrá mezclado con el aroma de los panecillos, perdiéndose por alguna esquina, escapando por aquella ventana que quedó abierta, o simplemente quedando eclipsada por ese maldito olor.

Va siendo hora de aceptar que la báscula no está estropeada, ver que me acerco peligrosamente a los límites de mi IMC y asumir que fuera hace un bonito día para correr.

domingo, 25 de enero de 2009

La (difícil) vida sexual de mi portátil.

Las malditas paredes de mi casa son todas de piedra. No lo digo como algo despectivo, no. Es solo un comentario. La verdad es que tienen cierto encanto. En verano retienen el frío y en invierno el calor.

Lo único malo que les encuentro, es que como buenas paredes de piedra que son, están ancladas en el pasado. Odian los ordenadores y su conexión con Internet. No sé por qué, no las entiendo. ¡Si están hechos el uno para el otro! El router de wifi inalámbrico de mi casa está en el salón, a unos cuatro metros de mi habitación. Mantiene una relación seria de unos 5 años con un ordenador de sobremesa madurito.

El caso es que hace cosa de un año empezó un idilio amoroso con mi portátil. Nada serio. Él también flirteaba con otras redes, y al wifi de mi casa no le importaba. Al principio la cosa iba bien. Navegaba con total libertad con mi portátil en el salón y a nadie le importaba. El problema comenzó cuando decidí llevármelo para mi habitación, ya que la TV también quería formar parte de ese triángulo amoroso, y molestaba bastante. Fue entonces cuando las paredes de mi casa, las malditas paredes de mi casa, se metieron por medio. El wifi no podía llegar a mi habitación para encontrarse con el portátil, rompiendo toda comunicación entre ellos. Yo empecé a llevarlo a otros lugares, que viera mundo, que conociera otras redes wifi. Alternó con la de la USC en sus diferentes modalidades (diversas bibliotecas, la facultad de periodismo…), pero nada le parecía lo mismo. Con ellas no se sentía cómodo, no era capaz de bajarse música, y la velocidad a la que se descargaban los archivos era rematadamente inferior a la de casa. Me daba mucha pena.

Entonces, hice un trato con él. Le daría una oportunidad al wifi de la Universidad y yo a cambio haría lo imposible porque estuviese unos minutos al día con su verdadero amor. Y aquí estoy ahora, sentada en el pasillo de mi casa, rompiéndome la espalda y con un cojín debajo del culo. Mi perra me pisa cuando pasa por mi lado (lo cual me lleva a pensar que tiene algún tipo de acuerdo con las malditas paredes de mi casa), pero a mí no me importa. Yo haré lo imposible porque esta relación funcione.